Grupos humanos de todo el mundo, entre los que se encuentran los tuareg y los beduinos del norte de África, los san del Kalahari
y los aborígenes australianos, han adaptado su estilo de vida a las adversas condiciones ambientales del desierto. Durante
generaciones han demostrado una gran inventiva a la hora de resolver los problemas que plantea la vida en el desierto. El uso occidental
de los desiertos, enfocado hacia la agricultura, se apoya en el hecho de que al circular tan poca agua a través de sus suelos ésta no
moviliza los nutrientes, por lo que son fértiles de manera natural.
Se están consiguiendo cosechas en tierras desérticas con el agua
de ríos o pozos proporcionada por sistemas de riego artificial. Estas transformaciones en el desierto no están exentas de problemas.
La evaporización del agua de los regadíos da como resultado la acumulación de sal en la superficie del suelo, haciéndolo inútil para
usos agrícolas. Gracias a la explotación de pozos o depósitos de agua fósil de las profundidades del desierto, los seres humanos
consiguen extraer agua. Pero una vez que el agua desaparece, es irreemplazable.
La quema y el sobrepastoreo de las tierras semiáridas
de la periferia de los desiertos pueden dañar irreversiblemente a las plantas que concentran la humedad y mantienen en condiciones el
suelo, que queda inutilizado para usos agrícolas. Este proceso, que constituye un serio problema mundial, se denomina desertización.
Un estudio realizado por la Organización de las Naciones Unidas en 1984, estableció que, como mínimo, el 35% de la superficie de la
Tierra está amenazada por este proceso. |